sábado

Angina

Salió corriendo por la vereda que daba frente al río. Corría cada vez más rápido... hasta que su pie encontró una piedra lo suficientemente grande como para tropezar y caer al piso de boca, rompiéndose uno de los incisivos superiores. La sangre empezó a pintar la tierra de un oscuro bordó. Se quedó unos largos minutos tendido en el suelo boca abajo, con los ojos abiertos mirando una ramita de pasto que se mov­ía con lentitud por el viento. Fueron solo seis minutos, largos. La enc­ía lat­ía. Una hormiga empezó a caminar por la cara sucia de barro hasta meterse en el orificio de la nariz. El silencio aturd­ía. Su mente estaba vací­a. Finalmente cerró los ojos ya secos y volvió a abrirlos lentamente, recuperando de a poco la conciencia pérdida. Levantó la mano derecha e intentó apoyarse en el piso para levantarse. Todav­ía estaba aturdido por el golpe y las drogas. Su mente comenzó a divagar otra vez por el espacio desconocido y se entregó sin poder evitarlo. Siguió por inercia sus movimientos en actitud de seguir corriendo. Apoyó la rodilla izquierda en la tierra mojada de sangre y luego la otra. Su cabeza colgaba chorreando sudor. De pronto un fuerte golpe en la nuca lo invitó a apoyar su rostro en las hierbas. Lo último que escuchó antes que su corazón dejara de latir fueron unos pasos alejarse. El virus se fue desparramando en la tierra en segundos incompletos. El sol los abrigó un momento y crecieron, lograron encontrar el mejor lugar para poder desarrollar su repulsiva vida. El dí­a se hizo de noche en los siguientes seis minutos. Todo hab­ía transcurrido en tan solo doce minutos y nadie sab­ía cuánto tiempo tardarí­a el caos en terminar con el planeta tierra. Los pasos ya no se escuchaban, se convirtieron en un splash que desapareció en el aire. Alguien lo hab­a visto todo desde una ventana, desde la parte superior de una torre al borde de la playa de barro que serv­ía como refugio de algunos vagabundos. Alguien estaba ah­í observando cada escena sin parpadear. Alguien estaba acelerando su pulso en este momento. Alguien no pod­a entender qué era lo que estaba ocurriendo en aquel sitio. Alguien ve­ía que la sangre estaba comenzando a elevarse del suelo, formando un espiral que tomaba cada vez más altura, como un tornado invertido de color rojo. No hab­a nadie más alrededor. Angina bajó de la torre casi sin pisar el piso porque querí­a ver de cerca el fenómeno. El hombre tendido en el piso estaba cambiando su forma. Su cara manchada de barro estaba tornando a un pálido violáceo como si algo estuviera estrujando su garganta. Angina miraba con asombro y casi no pod­a pestañar. Trató de acercarse lo más que pudo. El cuerpo empezó a sacudirse desde la punta de los pies atravesando cada extremidad culminando en un vómito verde y marrón que se abrazó al tornado de sangre. El cuerpo muerto quedó azul en el piso con la boca totalmente desfigurada. La mand­íbula se hab­a desintegrado prácticamente. Angina segu­ía observando todo desde atrás de un muelle a punto de desarmarse. El tornado empezó a moverse, dejando una huella de un metro de profundidad, rellena de una sustancia viscosa color violeta. Angina quedó inmóvil frente al tornado sangriento. Se dirig­ía a ella cada vez con más velocidad y fuerza. Arrastró consigo el puente de madera y en él a la única testigo del nacimiento del fin del mundo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gusto mucho!! espero poder leer mas cosas de esa mujer que se suele denominar "mi"
Saludos y besos!